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El mexicano que conoció al autor del Canal de Suez

"Hôtel d'Orient au Caire“

"Se ha olvidado ya, pero uno de los héroes del siglo XIX admiraba a México y a sus habitantes..."

El Hotel de Oriente (Hôtel d'Orient) albergó a los huéspedes más notables que visitaron El Cairo. Localizado en la Plaza de Azbakiya, ofrecía a sus arribados vistas de los jardines más esplendorosos y de los usos de los citadinos más exóticos. En fin, un turista no podía más que desear encontrar una vacante en el Hotel de Oriente, o, en su defecto, en el Hotel Oriental, aledaño al estelar. Azbakiya es el nombre del barrio cuyo edificio más representativo es la catedral copta de San Marcos, en el actual Cairo, pero su historia se remonta a tiempos remotos. Edificado por el emir Azbak min Tutuh, en 1458, devino en un sitio importante para la ciudad por contar con un sistema avanzado de drenaje en contra de las inundaciones del Nilo. Cuando las huestes napoleónicas invadieron Egipto, a finales del siglo XVIII, se asentaron en las proximidades de este barrio. El legendario gobernador de la provincia egipcia del Imperio Otomano decimonónico, Mohammed Ali, buscó modernizar la ciudad. “Se convirtió en un parque público con tres paseos arbolados intersecados, un canal de cerco para el drenaje durante la temporada de inundación, y una faja de árboles que incluía muchos exóticos tropicales” (Islamic Gardens and Landscapes).

Con la modernización, el estilo europeo abundó en Azbakiya. Cafés franceses, hoteles lujosos (entre ellos el de Oriente), museos, la agencia Thomas Cook y el teatro hacían del barrio un centro de entretenimiento en plena capital árabe. Ismail Pachá, uno de los regentes de El Cairo en la segunda mitad del siglo XIX, europeizó más el Azbakiya. Se le dio una forma octogonal en cuyo centro se erigió un estanque. El botanista alemán, Schweinfurth, importó flora de todas las esquinas del mundo para cubrir los jardines. “El parque fue amurallado, iluminado por lámparas de gas con vidrio de color, y la entrada fue restringida para aquéllos que pudieran pagar el precio de admisión” (Idem).

Los turistas de El Cairo, en su mayoría franceses y británicos, encontraban, pues, en el Hôtel d'Orient un espacio reconocible, un entorno con el cual estaban familiarizados, ante el mundo árabe totalmente diferente que tenían en su mirada. En 1876, llegó a tierras egipcias Luis Malanco, abogado oriundo del Estado de México. Secretario de la Legación Mexicana en Roma, este hombre fungió como emisario y diplomático al servicio de la joven república. A su llegada, a finales del año 1875, Malanco no soportó el clima invernal de Roma y contrajo una enfermedad pulmonar. Imposibilitado para seguir en sus labores como delegado, y tras recibir la recomendación de algún médico local de pasar un tiempo en algún lugar cálido, Malanco salió de Roma hacia el sur para quedarse provisoriamente en Nápoles. Acompañado por Ignacio Muriel Soberón, Malanco se encontró con otro mexicano en dicha ciudad: José de Jesús Cuevas Estanillo. Éste persuadió a sus compatriotas de hacer un “viaje a Oriente”, palabras que le darían título a las memorias del viaje extraordinario que llevaría a cabo Luis Malanco.

Grabado de Luis Malanco

El 1º de enero de 1876 zarpan en el mar Mediterráneo a bordo del vapor francés “El Moeris”. A lo largo de su viaje, transitaron los tres mexicanos por localidades egipcias, entre poblados y urbes, como Alejandría. Uno de los viajeros mexicanos que, décadas atrás, había visitado Egipto, el Padre José María Guzmán, habría tardado cinco días para llegar, desde Alejandría hasta el Cairo. Sin embargo, hacia 1876, Egipto habría experimentado una revolución tecnológica: la industrialización, que sería impulsada por el gobernador otomano Ismail Pachá. Se construyeron vías férreas a lo largo y ancho de la región y, como informa el literato José López Portillo y Rojas —otro de los viajeros mexicanos—, de ser cinco días, la duración del viaje se redujo a cuatro o cinco horas.

Egipto, pues, contaba con la presencia de Francia y de otras grandes potencias debido a que sus habitantes trabajaban para llevar la industria al Imperio Otomano. Reputados ingenieros y arquitectos visitaban el Medio Oriente para diseñar vías férreas y otro tipo de construcciones metalúrgicas. Una de éstas pasaría a la historia y se convertiría en una obra que cambiaría el modus vivendi del Medio Oriente hasta nuestros días: el Canal de Suez.

Ferdinand Marie, vizconde de Lesseps, conocido como Ferdinand de Lesseps fue el gran promotor del Canal de Suez. Su labor como diplomático le valió los triunfos más notables entre las naciones europeas. En 1854, después de recibir la concesión del príncipe Saíd, Ferdinand de Lesseps funda la Compañía universal del canal marítimo de Suez. Desde dicho año hasta 1869, se construye la magna obra arquitectónica que unirá el Mar Rojo con el Mar Mediterráneo y, por fin, las mercancías y los vapores entre Europa y el Oriente tendrían una comunicación directa. El deseo que llevó a Cristóbal Colón a descubrir América, casi cuatro siglos después cristalizaba. Lesseps era, pues, un personaje célebre entre los aristócratas y, por supuesto, entre los viajeros. En 1876, Ferdinand de Lesseps se encontraba alojado en el mismo hotel que los tres mexicanos, el Hôtel d'Orient

El día 20 de enero de 1876 sería el último antes de que Malanco, Muriel y Cuevas partieran hacia la Palestina, con miras a peregrinar en la llamada Tierra Santa. Fatigados por haber recorrido las grandes pirámides y los barrios adyacentes, llegaron al hotel más temprano que de costumbre para descansar. Entraron en sus habitaciones, se asearon y se emperifollaron y, cuando se dirigían al comedor, uno de los secretarios de Ferdinand de Lesseps, con quien Malanco había charlado en varias ocasiones, le salió al paso en las escaleras. Le comentó que había conversado con Lesseps y le había transmitido la gran admiración que le profesaba. Lesseps, agradecido por lo que escuchó en boca de su secretario, accedió a reservar un momento de su ocupada agenda para charlar con Malanco.

Seguramente, Malanco comió con rapidez, aunque intentando disimular la emoción de encontrarse con uno de los personajes de mayor renombre de su época. Acompañado por el secretario, terminaron de cenar y subieron al segundo piso del hotel. Tras pasar por una antesala, se hallaron frente a una puerta de madera. Era el salón de lectura. Tras tocar la puerta, una voz francesa asintió la solicitud de entrar. Un anciano, vestido con un traje de auténtico aristócrata, se levantó del escritorio que estaba en el centro del salón y estrechó su mano con la del mexicano. Para sorpresa suya, Ferdinand de Lesseps hablaba un español fluido. El secretario los dejó solos y Malanco no pudo evitar pronunciar palabras tras palabras de elogio y de encomio.

Tras varios minutos de charla, Ferdinand de Lesseps quedó encantado al escuchar el concepto que de él tenía Luis Malanco. Le hizo percatarse de que conocía con lujo de detalle la proeza arquitectónica que supuso la construcción del Canal de Suez.

"México conoce y admira a usted porque México estudia el mismo libro donde aprenden las naciones cultas y sabe como ellas los avances de la inteligencia. México comprendiendo los proyectos y los cálculos de usted, sus trabajos y sus resultados admirables, le ha saludado en sus Academias y en sus Diarios..."

— le comentaba con energía Luis Malanco.

Al terminar de halagarlo por largo rato, Ferdinand de Lesseps terminó por decir:

Guardaré en mi alma las atenciones de usted, y sus palabras; me acordaré siempre de que aquí, junto al lugar de mis afanes, ha habido, llenándome de honor y de bondad, un hijo distinguido de la noble México."

Evidenciando su gratitud y sabiendo que al día siguiente el mexicano proseguiría su viaje, Ferdinand de Lesseps escribió una carta que leía en francés:

Al señor Chérvenet, encargado del servicio del Canal y de la navegación en Ismailía:
Recomiendo a usted muy especialmente al señor Malanco, secretario de la legación de México en Roma, que va a visitar el Canal. Se servirá usted mandar que se le dé pasaje en los vapores de la Compañía, y lo recomendará a Puerto Saíd y a Suez.
Mi carruaje estará a disposición del señor Malanco.
Cairo, 20 de enero de 1876.
Ferdinand de Lesseps
Esta carta la conservará el señor Malanco, después de haberla presentado.

Asimismo, el diplomático francés le obsequió un retrato suyo —práctica común en aquel entonces—, cuyo reverso leía:

Al señor Malanco, distinguido mexicano. –Su amigo, Ferdinand de Lesseps. – Cairo, 20 de enero de 1876.

Malanco, Cuevas y Muriel viajaron en calidad de reyes por el Canal de Suez y llegaron a Palestina agasajados por los trabajadores de Lesseps. Hoy, tanto la carta, como el retrato permanecen ocultos al público. Pero el delegado mexicano llegó al país, después de su extenso viaje por el Medio Oriente, no sólo con estas afables dedicatorias, sino con un mensaje que el gran personaje francés, que cambió el rumbo de la historia, dedicó a México:

—México es un gran país digno de interés por todos títulos, es el país donde la naturaleza ha puesto sus mejores elementos.

Se ha olvidado ya, pero uno de los héroes del siglo XIX admiraba a México y a sus habitantes.

—Cuando vuelva usted a su país, llévele mis votos más sinceros por su bien.

Fotografía de Ferdinand Marie, vizconde de Lesseps